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Revista 19

LA PIPA FLAMENCA

  • III Época
  • Diciembre 2006
  • Por Aspas Manchegas
  • 108 lecturas

Yo, nací en tierras de Flandes, allá en la húmeda Bélgica, mi padre era un hermoso cerezo que se erigía orgulloso frente a las aguas del Mar del Norte, cierto día las manos de un leñador cortaron mi rama y con infinita paciencia le fueron modelando hasta convertirme en lo que ahora soy, una delicada pipa flamenca.

Expuesta en un escaparate esperé pacientemente hasta que un día una joven pareja de extranjeros entraron en la tienda, ella era bonita (como un Ave María) él, tosco y achaparrado bebía sus palabras mientras le acariciaba dulcemente las manos, fue la guapa española la que me eligió, «esta» dijo con aterciopelada voz, él pagó y sin mirarme siquiera (la miraba a ella) me introdujo en el bolsillo superior de su americana… había llegado a mi nueva casa. Cerca de 35 años, viví junto a ellos en su hogar de Bruselas; posada en el frío mármol de la mesita de noche, escuché en las heladas madrugadas dulces palabras de amor y el chasquido de mil besos, años más tarde, tres juguetones pequeñuelos, pasaron su niñez chupeteándome, mientras mi dueño dormía la siesta.¡ Fueron años felices.!

Luego comencé a viajar alrededor del mundo, siempre subida a su americana o sintiéndome estrujada entre sus fuertes dientes, de la Plaza Roja de Moscú, a las tranquilas aguas del Mediterráneo en Sicilia, del Mar Rojo, en la península Arábiga al tenebroso Támesis, de los floridos campos de tulipanes holandeses a la larguísima muralla de tierras chinas, subida en su bolsillo superior he visto con que desfachatez, guiñaba el ojo a italianas, rusas o francesas y hasta pequeñas coreanas… es un «Tenorio».

Hace 6 años, decidió volver a su tierra natal, un camión de mudanzas trajo los muebles y el Seat familiar las personas desde Bruselas a La Mancha, es aquí donde me voy haciendo vieja, mi cazoleta está quemada por tabacos muy diferentes, pero algunos días ya ni me saca a pasear, «ella» dice que huelo mal y le ha comprado una joven pipa manchega (a la que yo no hablo, pues es muy presumida) y se pasea por los molinos o por el cerro Mingote llevando a su esposa de la mano… Mi fin se acerca, lo sé, lo presiento, pero yo no quiero morir aquí, quiero volver a ver los verdes campos de mi tierra de Flandes, pasearme por los bellos canales de Brujas y escuchar el silbido del viento que llega del Mar del Norte… ¡Lo oyes dueño mío, no me abandones aquí, llévame a morir a mis tierras flamencas!.

Y dicen las crónicas, que una tarde (en el blanco cementerio) unos críos encontraron, semi rota, una vieja pipa ya sin alma, ¡una pipa muerta!.

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