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Revista 17

Que trata de las famosas rutas literarias a su paso por tierras de Cuenca y por el jamás como se debe alabado Balcón de la Mancha

  • III Época
  • Julio 2005
  • Por Aspas Manchegas
  • 127 lecturas

Los pasados días 5 y 12 de abril la rutina diaria de nuestro pueblo se vio interrumpida por una inusual actividad. No correspondía al «relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los tambores» de aquellos fantásticos ejércitos que creyera ver el Bueno de don Alonso Quijano (o «Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben»). Tampoco eran los «muchos balidos de ovejas y carneros» que oyera el fiel escudero Sancho. Los que vinieron a entablar tan fiera y desigual batalla con las llanuras manchegas, lo que llamó tan poderosamente la atención a propios y extraños procedía de varios grupos de estudiantes que participaban en el programa «Rutas Literarias».
Permitan vuesas mercedes que este humilde cronista les dé cuenta de esta nueva locura. Sepan, pues, que se trata de un programa de cooperación territorial que la Delegación Provincial de Educación y Ciencia ha diseñado con el nombre genérico de «Por tierras y letras de Cuenca» para el Ministerio del ramo, que se encargó de convocar ayudas en el Boletín Oficial del Estado de 28 de octubre de 2004. Estamos hablando de un recurso educativo para alumnos de 3º y 4º de Educación Secundaria Obligatoria que pretende reforzar la información que se imparte en el aula por medio de la realización de un itinerario guiado en torno a un libro, un personaje o un autor relevante sobre el que los participantes trabajarán en sus centros. Finalizado este trabajo, los grupos viajan para conocer los lugares que han servido de inspiración o han guiado la narración leída.
Este año es el segundo que la Ruta Literaria cabalga por nuestras tierras, llegándose con alumnos de Las Palmas, León, Islas Baleares y Navarra que, acompañados en todo momento por sus profesores, fueron llevados casi de la mano por Gustavo Villalba, ilustrado guía, investigador, escritor y enamorado de Cuenca —que para la sazón hay que serlo—, en su viaje por todos los rincones que pudieron servir de inspiración a autores como Cervantes, Jorge Manrique, Fray Luis de León, don Juan Manuel o Santa Teresa, entre otros.
Así pues, desocupados lectores, con estos moldes y aparejos se dispusieron a partir nuestros intrépidos viajeros al objeto de componer el más hermoso, gallardo y discreto peregrinaje por tierras conquenses, dividido en cinco itinerarios, a saber:

1. En un lugar de la Mancha..., cursando visita a Belmonte y Mota del Cuervo para trabajar la obra de Fray Luis de León y Miguel de Cervantes.
2. Andanzas serranas, que guiaba sus pasos por tierras altas de Cuenca a la vez que se leían fragmentos de Luis de Góngora o Federico García Lorca.
3. Letras de Cuenca, con parada y fonda en la ciudad Patrimonio de la Humanidad y el recuerdo de Gerardo Diego, Sebastián de Covarrubias o Federico Muelas.
4. Tierra de hidalgos, llegando a San Clemente —¡Voto a Rus!, que diría Sancho— y Villanueva de la Jara, cuyas piedras pisó Santa Teresa.
5. Letras castellanas, donde Jorge Manrique y don Juan Manuel dieron posada en Castillo de Garcimuñoz e invitaron a seguir camino hacia Segóbriga y Uclés.

Sepan también vuesas mercedes que la Asociación de Amigos de los Molinos, a cuyo frente marchaban Zacarías el valeroso y Enrique Tirado el grande, acogió con brazos abiertos, aspas al viento y sabrosa caldereta manchega a este sobredicho grupo de esforzados aprendices, a quienes, además de obsequiar con las ricas viandas que cría la dura tierra moteña, acompañaron gustosos a conocer el arte de convertir el mosto en vino, no en artesanales cueros, sino en modernas y descomunales vasijas, a las que ninguna cuchillada pudieran dar ni don Quijote ni don diablo alguno.


Tras la reñida y trabajada batalla que supuso dar fiel lectura al pasaje de los famosos cueros de tinto, el ejército de principiantes se desplazó en brioso rocín mecánico al paraje que da sobrenombre al pueblo de la Mota, a ese balcón donde una pléyade de gigantes convertidos en molinos de viento permitió el recuerdo de aquellos sucesos de «felice recordación», en que uno de ellos causó agravio al insigne loco de atar (¿acaso no podremos nombrar ahora famosas ínsulas gobernadas por gentes de mayor y peor locura?).
En fin, sabed paisanos que fueron compuestas estas líneas con grande esfuerzo e interés, no para «quedar escritas en el libro de la fama por todos los venideros siglos», sino para dar conocimiento de una jamás imaginada aventura que fue guiando los pasos de unos jóvenes neófitos en vida y letras, llegándolos hasta las nunca olvidadas tierras moteñas. Y con esto, tened salud, porfiad en vuestros denodados esfuerzos por guiar a las gentes de la más diversa condición y origen, y arremeted contra todos aquellos follones y malandrines que buscan el abandono de lo que tanta belleza tiene. Vale.

Jaime Rodríguez Laguía
Asesor de Programas Educativos
Delegación Provincial de Educación y Ciencia

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