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Revista 16

Semblanza de 30 años en Ecuador comom Misionera

  • III Época
  • Diciembre 2004
  • Por Aspas Manchegas
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Se me ha pedido una semblanza sobre mi estancia, ya de treinta años, como misionera en Ecuador. Lo hago con mucho gusto, aunque no sé si será de interés, puesto que se ha desarrollado en un clima de normalidad y sencillez, en medio de gentes sencillas y pobres; pero que, al compartir con ellas, nos enriquecemos mutuamente con valores que no se compran ni con dinero ni con el poder.
Pues bien, primero me presentaré. Nací en Mota del Cuervo, (Cuenca), dentro de una familia de artesanos de cuatro hermanos. Familia humilde, pero profundamente católica, donde me enseñaron a conocer a Dios y a vivir en coherencia con la fe recibida. A los 18 años, ingresé en el Instituto Secular «Alianza en Jesús por María», al cual pertenezco, y que me ha ayudado a llenar y realizar mi vida como persona, como mujer y como consagrada. Digo como mujer también, porque lo natural de ella es dar vida, y ésta, no sólo se da fisiológicamente sino también espiritualmente, es dejar parte de ti misma a los demás, con los que convives.
Dios ha llenado mi vida en plenitud y yo he intentado responder con su ayuda a esa llamada de amor con fidelidad y generosidad, aún en medio de mis limitaciones y debilidades humanas.
El Instituto, al cual pertenezco, tiene misiones en algunos países, pero, por ser los miembros de dicho Instituto, seglares, es decir, que vivimos en nuestras casas y en la profesión, que cada una tiene antes de ingresar, no obligan a ningún miembro a ir a misiones, sólo las que voluntariamente lo piden. Pues bien, cuando murió mi padre, mi madre ya había muerto, ante su cuerpo presente le dije al Señor: «...ahora ya estoy libre para lo que quieras...» y me vino a la mente las misiones. Las solicité, me aceptaron y me fui. Y así empezó una nueva etapa de mi vida, donde repito, me ha enriquecido mucho más de lo que yo he podido dar.
Como era profesora de Enseñanza Primaria, mi primer trabajo fue en el Instituto Radiofónico de Enseñanza primaria para Adultos de «Fe y Alegría» en Guayaquil, que es la segunda ciudad de Ecuador con tres millones de habitantes y el primer puerto de mar del país. Por lo tanto, es un poco tierra de nadie por la diversidad de gentes que hay de todo el país y del mundo.
En este trabajo, aprendí a no decir «yo no puedo hacer esto». Cuando hay necesidad y el bienestar y la felicidad de los demás está por el medio, Dios da las fuerzas, iniciativas y todo lo necesario para salir adelante. Como esta enseñanza es para analfabetos adultos, al principio casi había que ponerse de rodillas para que estudiaran; sobre todo la gente del campo, no tenía ningún interés, hasta en eso eran pobres. Después ¡qué gozada!, personas hasta de sesenta años, querían al menos aprender a firmar.
Son personas normales como nosotros, sólo que no han tenido «tantas o ningunas oportunidades « como tenemos aquí en España. Se abrieron cursos prácticos de Corte y Confección y Electricidad, también por radio para que se pudieran abrir camino en la vida
Otra experiencia muy buena en esta época, fue cuando llevamos esta enseñanza a las cárceles de hombres y mujeres, facilitándoles el certificado de Primaria y los diplomas de Corte y Confección y Electricidad. En este trabajo, estuve diez años.

En Guasmo, (Guayaquil)...
Después convino que me fuese con otra aliada, (así se llaman a los miembros del Instituto familiarmente), a una parroquia situada en una invasión, es decir, en las afueras de la ciudad, como manglares, esteros o tierras pantanosas que tiene el municipio abandonadas. Los pobres que no tienen casa, ponían cuatro palos y las paredes de caña y vivían en ella hasta que podían cambiarla poco a poco por cemento. Este sector se llama el Guasmo, tenía 46.000 habitantes, y la atendían los misioneros del Verbo Divino.
En el trabajo pastoral se hace de todo, humano, religioso y social, todo a la vez, porque si se quiere promover a la persona integralmente tiene que sentirse hijo de Dios y, esa convicción levanta su autoestima y dignidad personal, ya que sólo el amor generoso y desinteresado es lo que más enriquece y dignifica.
Esta experiencia me enriqueció en otras facetas. Estas personas muy pobres, viviendo en casas de caña, y muchísimas haciendo sólo dos comidas al día, nos abrieron los ojos y nos hicieron valorar y amar más la vida y sus circunstancias. Sufren muchas carencias, pero tienen un gran sentido de comunidad y solidaridad que sólo en los pobres se da. Nadie se siente solo, comparten las tristezas y las alegrías, tienen una gran capacidad para el sufrimiento, como también por celebrar cualquier pequeño acontecimiento, a diferencia, de lo que en general se ve en el primer mundo, donde el individualismo y el tener están por encima del ser.
A nosotras nos acogieron muy bien y nos sentimos una familia más entre ellas. Es verdad, que en esos sectores hay muchas bandas y pandillas, pero siempre nos respetaron y, aunque alguna vez tuvimos que correr y escondernos, por los enfrentamiento entre ellas, también es verdad, que algunas noches, cuando se nos hacia tarde, recurríamos a ellas para que nos acompañasen. Aquí estuve otros diez años.

Entre pescadores...
Después pasé a otra misión entre pescadores. Chanduy, era parroquia civil y eclesiástica con unos mil cien habitantes y otros ocho recinto o pueblos pequeños para atenderlos, entre quinientos y ochocientos habitantes cada uno. No teníamos sacerdote, y éste iba solamente cada mes o mes y medio. Nosotras teníamos que bautizar, casar y hacer las celebraciones de enterrar a los muertos; los sábados y domingos hacíamos la celebración de la Palabra con la comunión, en todos los recintos. Otra nueva experiencia, que enriquece. Teníamos una furgoneta y en ella nos trasladábamos todas las tardes a uno u otros recintos para la labor pastoral.
En Ecuador, la religiosidad popular está muy arraigada todavía en la clase pobre. Nuestras gentes viven intensamente los ciclos litúrgicos de Adviento y Navidad, como Cuaresma y Semana Santa; pero también a su manera que en algunas ocasiones como por ejemplo en los velorios de sus difuntos no son nada ejemplares por las borracheras que cogen. También hay que reconocer sus limitaciones, no siempre sabes como piensan y después de tantos años de estar entre ellos nos decimos:» no los entendemos todavía».
De allí pasé a Durán, otra parroquia de las afueras de Guayaquil, semejante a la del Guasmo pero más pequeña. Trabajo, también, de pastoral a tiempo completo. Aquí teníamos sacerdote, aunque no estaba allí, pero iba casi todos los días. Entre estos dos sitios, estuve siete años y el resto en la casa del centro de Guayaquil, por limitaciones de salud.

Vivir como Quijotes...
Resumiendo, no me canso de dar gracias a Dios por mi vida. Primero, por mi vocación aliada, y segundo por haberme permitido compartir mi vida con los hermanos de Ecuador. He sido muy feliz aún en medio de sufrimientos y lágrimas, que también ha habido; por haber sido motivada por el medio, donde vives, a no instalarte en la vida, ni crearte necesidades innecesarias. De ver la vida, como una oportunidad única para alcanzar el fin por el cual nacemos y sacar de ella todo el jugo posible, no para pasarlo bien, sino para hacer el bien en Cristo.
A los «Amigos de los Molinos moteños», les diría: primero las gracias, porque me han dado la oportunidad de expresar las obras que Dios ha hecho en mi vida y a través de ella, y segundo, para que la figura que Cervantes creó en su obra «Don Quijote» les estimule a vivir la vida como hidalgos caballeros, noble y honestamente y que su ingenio y fantasía les lleve a seguir a otro Caballero que es real y vivo: JESUCRISTO.

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