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Revista 15

Réquiem por el Arado

  • III Época
  • Abril 2004. Extraordinario
  • Por Aspas Manchegas
  • 140 lecturas

Molinos de viento. Muchas historias y rioladas de comentarios se vienen acumulando en su entorno gracias a don Miguel de Cervantes, quien debió quedar impresionado, cuando los vió, tal vez engullendo vientos o vomitando nubes.
Molinos de viento: Emblema de la mancha, pero...¿ y de la solemnidad de su campo que los circunda? ¿ Y del envolver de tierras con la semilla que más tarde engendraría la justificación de su existencia? Aquí Cervantes cerró su tintero y don Quijote no se atrevió a caminar sobre los renglones del arado, imaginándose fántásticas historietas para la posteridad, ni mencionó que por el Agosto, en sus encuentros con los mares de doradas espigas, trazó sobre el cielo la diadema de oro, que, bajo el sonido de zoquetas, una mañana al alba envió a su amada Dulcinea.
Dejó en su tintero Cervantes el arado; emblema del agricultor, que tan ligado está al molino de viento. El arado es al molino, como el molinero, investigaba sobre el cereal, que aconsejaría sembrar al labrador. Aquel, el labrador, se esmeraba en su «crianza» y posterior recolección. Entre ambos y el molino, con la ayuda del viento, ofrecían al mundo el alimento, por excelencia, con la flor de su harina.
Por todo ello, he creído conveniente tras mi «Elegía por los molinos de viento», publicada ya en esta querida Revista, ofrecer también a sus lectores mi RÉQUIEM POR EL ARADO.

I

Llenos están de tus recuerdos los campos:
cementerios de tantas clavijas perdidas,
devastador de tantas rejas, de tantos
pasos y de tantas flores paridas.

Campo fértil,que en sus entrañas aprisiona,
al cantar del yunque y el martillo aguzador,
mudos testigos del quehacer que apasiona
tanto al inevitable calce abrasador.

Campo embellecido por la orejera,
geométrico paisaje de timones,
rizado de tierras por la vertedera,
mullido a la esperanza y las ilusiones.

Allá en el prado, aun haciendo de mojón,
con el clavijero en la tierra hundido,
espera pudrirse el esbelto timón,
vigilante, placentero y erguido.

El dental; imitadora calavera,
rueda por la ladera desventurado
soñando con la cama y la telera;
inseparable artificio del pasado.

Bajo el polvo, en el inmundo estercolero,
vacía y putrefacta la vilarta yace,
junto al pié roto del viejo candelero,
y el salvaje cardo agresivo que nace.

Y las arrejadas, sirven al abuelo
de apoyo para su lenta andadura,
lejos de ir limpiando la «grama» al vuelo,
como en la mente del labrador perdura.

Rejada, ya sin gavilán, que fue pasto
de no sé qué interés parcial inventado;
tal vez herramienta, cerrojo, tranca o trasto,
juguete, clavo o dardo desbocado.

Clavada en la cuadra, ya sin mulas, la esteba
sirve de percha a los viejos collerones,
esperando a la vil piqueta que lleva
impresa la muerte a los viejos paredones.


II

¡Oh arado! Compás con que el padre de los cielos
trazó el lenguaje de tantos horizontes.
Pincel endiosado que dio vida a los suelos,
desde las lomas a las faldas de los montes.

Dibujante de caminos y linderos,
hacedor de geométricos «caballones»,
presumido de caprichosos «toreros»,
siguiendo la diagonal de los mojones.

Péndulo incansable de las mañanas,
testigo mudo de fatigas y sudores,
sembrados con el trigo por las besanas,
al compás del cantar de los amores.

Oye el plañir del triste surco lejano,
que en vano y tendido en la vega espera,
entrelazando horizontes con su hermano;
huérfanos de la misma vertedera.

¡Oh arado! ¡ Fiel arado milenario,
que clamas sordo y desarmado a gritos,
por los yertos caminos de tu calvario,
haciendo sueños de reposos infinitos!

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