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Revista 12

El Quijote - Capítulo VI

  • III Época
  • Agosto 2002
  • Por Aspas Manchegas
  • 109 lecturas

Con Don Quijote dormido, o sea a traición, el cura y el barbero, ayudados por el ama y la sobrina, comienzan a cometer el desafuero mayor que se va a narrar en esta obra, consistente en hacer una hoguera en el corral, sin importarles que no sea la víspera de San Juan, con los libros que Don Quijote leía y guardaba con tanto cariño.

El ama y la sobrina, sin duda analfabetas, eran partidarias de quemar todos los libros sin mirar, o sea a lo bestia, pues tenían la certeza de que todos y cada uno eran los causantes del desequilibrio mental que padecía su amo. Sin embargo, el cura dijo que era menester, siquiera, leer los títulos.

El primer libro con el que tropezaron fue El Amadís de Gaula, el cual el cura quiso arrojar por la ventana que daba al corral, para principiar el montón al que irían a parar todos los demás, pero el barbero se opuso diciendo que había oído que era el mejor de los libros de caballerías que se habían compuesto y que, por tal motivo, se debía perdonar, sin duda, pensando en el valor que podría tener en la venta en una librería de viejo.

El primer libro que fue volando hacia el corral se titulaba Las Sergas de Esplandian, considerado hijo legítimo de Amadís de Gaula. El cura decidió que al hijo no le había de valer la bondad del padre, así que se echase al fuego.

El libro que a continuación encontraron fue el Amadís de Grecia, pensando, sin verlos, que todos los que lo rodeaban serían del mismo linaje.

- Vayan todos al corral, pues quemaría al padre que me engendró, si, entre ellos, anduviese en figura de caballero andante -dijo el cura, que no se cortaba un pelo.

Y así, poco a poco, fueron arrojando por la ventana todos los libros del dormido Don Quijote, salvando alguno para la reventa, pues la mayor parte estaba muy bien encuadernada y era una pena quemar pieles tan valiosas.

Lo que no sabemos es el número de libros que salvarían entre los puestos a la venta en la reciente Feria del Libro de El Retiro madrileño, pues por estar casi todos encuadernados en rústica, o sea, con tapas blandas, al cura y al barbero no creo que les causaran mejor impresión que los que componían la biblioteca de Don Quijote.

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