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Revista 12

LOS PROCESOS DEL SANTO OFICIO EN LA MOTA DEL CUERVO (III)

  • III Época
  • Agosto 2002
  • Por Aspas Manchegas
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ANÁLISIS sobre la actuación del Tribunal del S.O. de Cuenca en La Mota

Observando la tabla, donde están recopilados todos los casos que el Tribunal del Santo Oficio vio de gente de La Mota del Cuervo, vemos que fueron incoados alrededor de 70 procesos, muchos de los cuales no prosperaron y quedaron inconclusos, otros quedaron incompletos y otros suspendidos. Entre los que llegaron a una sentencia firme, que por suerte fueron los menos, unos fueron absueltos, otros reprendidos, otros multados y una pequeña parte fueron penitenciados. Estos últimos eran obligados a abjurar de leve, si el delito era leve o de vehemente, si era más grave y ambos castigados con la imposición del sambenito (especie de casulla de color amarillo con la cruz de San Andrés bordada de color rojo en el pecho y en la espalda), que el reo debía llevar durante un tiempo, pasado cl cual era colgado en la iglesia parroquial con el nombre del penitenciado puesto en un letrero, para vergüenza propia y de sus familiares. Además, los penitenciados también solían recibir penas de multa, destierro, galeras, cárcel perpetua (normalmente no era tal, y los presos salían al cabo de un cierto tiempo), y azotes (100 ó 200, dependiendo de la gravedad del delito). Este castigo se hacía de cara al público, para que el reo sufriera los insultos del gentío y a la vez le sirviera de escarmiento y de ejemplo para los espectadores. En algunos sitios se montaba al reo en un asno, desnudo de cintura para arriba, las mujeres podían taparse sus vergüenzas con unos zaragüelles (especie de pololos usados en los trajes regionales), los azotes eran dados con un látigo de cuero y la gente disfrutaba con el espectáculo, pues la comitiva recorría las calles más importantes de la población.



Los que se llevaron la peor parte fueron los judeo-conversos, la mayoría de los cuales pagaban sus culpas en la hoguera, teniendo el Tribuna( la "delicadeza" de sí el reo abjuraba de sus pecados v volvía al seno de la Iglesia, era pasado por el "garrote" (el reo era atado a un palo y con una soga al cuello se le estrangulaba), antes de ir al Quemadero. Los pertinaces que no se retractaban y no demostraban arrepentimiento, eran quemados vivos. Los moriscos también sufrieron la relajación pero con menos intensidad que los judíos. El grupo de procesados más importante que hubo en La Mota fue el de los moriscos con un 21% del total.

Cuando se les terminaron los casos de judíos y moriscos, les tocó el turno a los cristianos viejos. El Tribunal tuvo que arremeter contra ellos para garantizar la supervivencia del mismo, ya que la mayoría de los procesos llevaban implícito el secuestro de bienes al principio del proceso y la confiscación definitiva si la sentencia era condenatoria. Los cristianos viejos, en los entornos rurales de la época, estaban acostumbrados de una forma habitual a blasfemar. Dos casos bastante significativos así lo atestiguan: uno el de Juan Grande que fue acusado de blasfemia y suspenso por poca edad y el otro de un presbítero Juan Francisco Sánchez Navarro. Lo hacían en momentos de cabreo, espontáneamente y sin ningún tipo de reflexión en lo que decían, sin embargo eran procesados por herejes. Otro tanto ocurría con los fornicarios, que eran juzgados por herejía porque ellos consideraban que de unas determinadas maneras y condiciones no era pecado, luego eran juzgados por herejes, por no entender la relación entre delito y pecado.

Observamos también que el porcentaje de hombres fue muy superior al de mujeres procesadas, en una proporción aproximada de 87 y 13 % respectivamente.

Los procesos comenzaron en La Mota en el 1518 con el procesamiento del judío Manuel González de Tobeña, y terminaron en 1819 con Juan Francisco Sánchez Navarro, es decir, entre uno y otro pasaron trescientos años. El que el Tribunal estuviera en activo durante tanto tiempo -trescientos cincuenta años- fue debido en parte a contar con una compleja y excesiva burocracia, que dificultó enormemente su supresión definitiva.

Conviene destacar, por su singularidad, el caso de hechicería de Pedro Simón López de Rebelo, sacerdote de origen portugués y vecino de La Mota del Cuervo, al que cogieron con un cuaderno, que al parecer, le había entregado Dª Bartolina de Tapia a la muerte de su marido D. Baltasar de Vivar, poeta y vecino de La Mota. Este cuaderno contenía recetas medicinales, conjuros, hechizos amorosos y fórmulas prohibidas por La Inquisición. Lo curioso del caso es que todo esto estaba escrito en clave:

Las vocales eran sustituidas por números (a=2, e=3, etc.), entre los párrafos había intercalados unos signos carentes de significado y eran única y exclusivamente para despistar. Los calificadores del Santo Oficio no fueron capaces de descifrarlo, quizás no insistieron demasiado y eso fue debido a que Pedro Simón era clérigo y con estos el Tribunal era más benévolo. El caso quedó sin concluir.

Es curioso también, el caso que ya comentamos en su momento, protagonizado por el sacerdote Juan Montoya en La Mota del Cuervo en el año 1625. Al haberse enamorado de María Casado Cobo, mujer casada y tras la muerte de esta, acudió una noche al cementerio en compañía de testigos y desenterró el cadáver que estaba ya en estado de descomposición y lo abrazó apasionadamente. El escándalo que se produjo en el pueblo no fue suficiente para que el Tribunal lo condenara y la resolución fue Nihil, es decir, nada.

Es curioso e importante el número de clérigos procesados aunque por diferentes causas: solicitación (requerimientos sexuales de los sacerdotes a sus confesadas), blasfemia, deshonestidad, hechicería, amancebamiento, etc. El porcentaje ronda el 12 % . Conviene tener en cuenta que por aquellos tiempos el clero era muy abundante en España y tanto su preparación como sus vocaciones dejaban mucho que desear.

Vemos también que se procesó a un francés de la guardia de Corps. Y a un fraile de la orden de Santo Domingo.

También llama nuestra atención el caso de Pedro Gallego, fornicario en 1581 que era esclavo de Esteban García. Así como los casos de Juan y Hernán López de Vargas junto con Alonso López de Saona que fueron condenados a galeras y lograron escaparse.

Para terminar, un caso fascinante y del que no he podido encontrar gran cosa es el caso de Juan Alfonso Fernández Palacios, que fue mayordomo de la Virgen de Manjavacas y comisario del Santo Oficio, pero tuvo que tener algún problema serio, pues su nombre se encuentra en el libro de los procesados. Figura en su expediente no obstante, la palabra Preeminencia (para que sea tenido en cuenta y se le levante la mano cuando llegase a ser juzgado)

Sabemos que una gran parte de los procesos son pobres, pero otros en cambio contienen una gran variedad y riqueza de notas sobre la vida de la sociedad de entonces, así como árboles genealógicos de los acusados, padres, abuelos, etc. No obstante y salvando las excepciones la mayoría de las personas procesadas son pobres e incultas.

Continuará.....................

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